Siento la brisa caer sobre mi pecho. En los matorrales se escucha un murmullo proveniente de una parvada de náyades; asfixiadas por la resequedad de los ríos y las cataratas que escupen fango seco, como si se tratase de un holocausto, que se acerca silenciosamente, con sus frívolas hachas y un barranco construido a partir de letanías inconclusas, que llevan como sobrenombre: el planeta azul (más gris que azul). La flora y la fauna se encuentran en un fragmento aislado de este mundo hecho de clavos y vigas, que sostienen un legado construido a partir del coraje de la marea; las astillas (buitres de la globalización) contienen una savia turbia, un emblema que sostienen en alto y hace referencia a un ecosistema sin fin de lucro (una mentira más en este repertorio de egoísmo). Las catástrofes naturales efervescen la úvula del mar, hacen un corte exacto en la yugular de la tierra, donde una crisis nerviosa desata augurios y relámpagos, que someten con latigazos la voluntad de incontables personas que mueren día tras día.

Asciende tu mirada, el vértigo forma parte de nuestros ojos; mira fijamente: el sol está en su punto máximo, está donde debería estar –encima de nosotros, hombres inconscientes, hechos de ira y corrompidos por los tesoros que se hayan debajo de esta tierra estéril, cultivados por el deseo y la avaricia– donde las gaviotas estiran sus alas y se desploman envueltas en fuego, lanzando plegarias a los humanos (los verdugos de este nuevo siglo) quienes siguen escupiendo smoke con sus fábricas inamovibles, forjadas de riquezas inoxidables y marcapasos que se venden como cajetillas de Malboros.

Somos ciegos, tóxicos, denigrantes almas del bien. Somos un iceberg en medio de un bochornoso día, un capricho del mal, un pez tuerto que se dirige con una fuerza descomunal a la boca de un tiburón. Formamos parte de este apocalipsis postmoderno: ¡Formas parte de esta sentencia! No hay a donde ir. ¿Tienes algún plan? ¿Acaso se puede construir otro mundo, con el voluble oro negro? ¿Quién se atreverá a intentarlo? 7 días no serán suficientes. ¿Acaso es posible causar la furia de un Big Bang juntando todas nuestras bombas atómicas? ¿O será un cosquilleo más del universo, una insignificante luciérnaga en medio de un bosque repleto de oscuridad?

José Saramago tenía razón al decir: “Podemos escapar de todo, excepto de nosotros mismos” nuestras acciones nos delatan, somos cómplices de este crimen, de esta metrópolis habitada por el rumor que generamos como cardumen; el mismo cardumen que se irá deshidratando poco a poco en las fosas de los rascacielos, en la resequedad de los mares, en los huracanes de tierra, el deslave de los polos, las lluvias de salitre y los tsunamis de lava.

Te puede interesar:  El fin del mundo y el inicio de la Era Cínica

¿Estás dispuesto a comprobar cuánto sol resiste la lengua? ¿Cuánto castigo resiste el cuerpo?   ¿Cuánto remordimiento la memoria?

No seré yo quien contenga este aborto de planeta, no seré yo quien beba agua salada cuando los manantiales caduquen antes de lo previsto, no seré yo quien tenga que mendigar por las calles comida fresca, un lugar acogedor donde no exploten a las personas. Yo ya estaré muerto para ese entonces. El Armagedón caerá sobre tus hijos: una batalla entre la rabia de la naturaleza y el descaro del hombre.

¿De qué sirve escribir ahora? ¿Alguien se detendrá a leerme, a cuestionarme; o sólo será una reflexión más guardada en las bibliotecas, en una página de internet, en un archivo adjunto que promulga una verdad que ya todos conocen, pero siguen postergando como si fuera una tarea fácil? ¿Qué harás cuando la fecha de entrega culmine? La naturaleza es perfecta, nosotros no.

Disiento, porque el mundo parce una metáfora con la que cubrimos nuestra realidad, una metáfora caótica, llena de ignorancia y muy probablemente, de arrepentimiento, agonía y dolor. Pobres de aquellos (los no nacidos) (los ya muertos) que no tendrán oportunidad, los que no serán niños como tú, como yo.

La memoria es necesaria: quizá yo sea ese niño, que mira el último atardecer de su infancia y es inspirado por el silbido de las olas, la arena pálida que pisan sus pies, un cielo amarillo que se difumina con la caída del sol y conforme pasan los minutos, se vuelve una isla roja cortada por el horizonte; entonces llega una despedida: Abuela, sé que tienes que morir, quizás este sea el último recuerdo que tengamos juntos, prometo seguir viniendo al mar, sentarme y escribir todo lo que necesite; haré canciones, música para cada estación del año, dibujaré tu silueta, la que se posa en el reflejo del agua y sube hasta las nubes para cuidarme; este será nuestro lugar para hablar. Abuela, te extrañaré.

Pero de nada sirve ser niño ahora. El mar es el único que escribe, el único que canta la sinalefa del oleaje, el único que pinta murales de niové y azafrán. Nosotros sólo somos un poema que él escribe, un boceto que nadie entiende, una partitura que nadie sabe leer.

The following two tabs change content below.

Andrés Segovia Santiago

Latest posts by Andrés Segovia Santiago (see all)