Las ventanas abiertas, el perfume barato, las risas de agonía para no reventar, los labios rojos, los gritos ahogados entre las corrientes, las brisas perdidas, la luz de domingo a las seis, las lágrimas sucias, todo te lo di. Entre porfavores, fui entregándote hasta los retazos de lo que creí que conocía, mintiéndome, convenciéndome de que el dolor es necesario para sentir la lluvia en la piel, permitiendo que me hirviera la sangre. Pero nunca pudiste llamar a las cosas por su nombre, tomar el tren y pedirme que no me subiera contigo, porque era demasiado esfuerzo cortar las flores amarillas, aunque odiaras el color, aunque sintieras mi presencia obscura, repugnante, cortándote las venas, creando coágulos de arena. Te daba asco que supiera cuánto odias a tu padre, el miedo que te da verte al espejo, que rezas todas las noches porque estás aterrado de morirte de pronto, sin haber sido nada. Y de vivir, también, por eso duermes sin sueño y te escondes detrás del orgullo pasajero de motel, aparentemente sin culpa pero con una carga que se trepa a tu espina dorsal y te perfora las costillas. ¿Para qué abrirte, entonces? Tal vez fue que me escabullí entre tu honestidad alcoholizada y escurridiza toqué lo que nunca te habías sentido: vulnerable; con las entrañas expuestas a mi juicio, aberrante, burdo, grotesco. Aún así me quedé junto a tu sangre y bebí todas y cada una de tus palabras cuchillo, violento frenesí que me consumía con cada inhalación, y el tiempo parecía un ciclo eterno de herida y cicatriz que nunca termina de sanar, drenándome los ojos, esperanzándome cuando brillaba un destello que terminaba con el letrero de “simulacro, todavía no estoy listo para sentir, pero intente mañana”. Por eso me fui, porque un día desperté sintiéndome como esos pájaros grises de la Alameda, esperando ser alimentados por las almas caritativas que se aguantan las náuseas hacia su especie insignificante, repulsiva; y les avientan un trozo de sobras. Estaba cansada de tomarme tu café frío y fingir un hambre que no sentía, de enredarme en los nudos del cabello porque el desasosiego era cada día más grande y te aburría que abriera la boca. No quise más tus aires turbios de madrugada, tus pasos amargos, tus frutos podridos, tu voz subterránea, espesa y ausente. Corto de un tajo mi propia raíz y te digo sin luz: quédatelo todo.

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Abril Cisneros Ramírez

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