Caminas, absorta en tus emisiones de pensamiento, tu andar es suave. Hasta que oyes shisteos -sh,sh- volteas por reflejo: un grupo de hombres opinando sobre tu andar, tu ropa, tu cuerpo: “si así como lo mueves lo bates…”, “qué ricas tetas”, “veo tu tanga y se me para”. Agitas el paso, quieres huir lo más pronto de la escena. Estás muy encabronada, triste, defraudada por ti misma, ya hace tiempo que te posicionas como feminista y no te defendiste ante el acoso callejero, te sientes culpable por no enfrentar a los machitos e indignada ante sus comentarios obscenos e indeseados.

Sabes, gracias al aporte de Holly Kearl[1], que perpetraron en tu contra una forma de terrorismo sexual, a fin de cuentas las mujeres no sabemos cuándo va a suceder, por quién puede ser ejecutado y hasta dónde puede extenderse. Te aferras a la idea de que no fue una llana agresión, fue un acto violento y deliberado con dinámica perversa de poder, porque cuando se cosifica a tu cuerpo al instante se produce subordinación femenina, sostén del sistema patriarcal y el machismo.

Recuerdas la hora del desayuno: estás conversando con tu mamá de 58 años, mientras observa tu outfit -ella parada, tú sentada disfrutando los alimentos- te tira el consejo de no salir a la calle con ropa ceñida ni escote. Le das un sólido argumento: “Mi cuerpo es mío”; trata de disuadirte con una anécdota de 1976, justo a sus 17 años: “Iba rumbo a la preparatoria, mientras subía al pesero un pelafustán iba bajando por la entrada y chocamos, justo ahí aprovechó para agarrarme un pecho muy fuerte y luego jadeó, sentí asco, la sensación del tocamiento no se me quitaba, pero principalmente tuve mucha pena y culpa, traía blusa cuello de tortuga y pantalones de campana, era la moda, ropa ceñida al cuerpo”.

No quieres entrar en la polémica sobre que no importa la ropa que traigas puesta, estás consciente de que tu manera de vestir no le da derecho a nadie de agredirte, mejor te concentras en que la toxicidad del acoso al reproducirse de generación a generación, provoca la naturalización del mismo, ocultando que no se trata de halagos o piropos resultado de la atracción sexual, sino del sometimiento e invasión a tu cuerpo en la vía pública.

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Sigues molesta, volteas, notas que ya has dejado atrás a los terroristas sexuales, y te das cuenta de cómo otras dos mujeres evitan transitar la acera por donde estos se encuentran; en un primer momento piensas que ignorar es la mejor estrategia para protegerse del acoso, sin embargo te das cuenta de que esquivar a los grupos de hombres para evitar “piropos” limita tu andar por las calles de la ciudad, y como transitas seguido por estas te aferras al pensamiento de que deberías poder caminar por donde te plazca sin miedo a comentarios no consentidos sobre tu apariencia o tu cuerpo.

La crudeza de la realidad que acabas de vivir tan sólo hace minutos, en pocos segundos e inesperadamente te hace aterrizar que en una sociedad machista ser mujer y circular por las calles acciona casi en automático el acoso callejero, clara muestra de la cultura de la violación donde las mujeres somos objetos sexuales, al grado de que un desconocido por ser hombre se adjudica el derecho de opinar sobre tu cuerpo que simbólicamente cree poseer.

Ante la impotencia de no enfrentar a tus agresores escribes lo sucedido, asimilas que la divulgación del acoso callejero como malestar social abona a que las ciudades puedan ser espacios femeninos, agradeces a la acción y posicionamiento político feminista que el acoso callejero se visibilice cada vez más impidiendo la naturalización de este. Estás preparada para tu próxima salida, quieres cantar muy fuerte: “…mi cuerpo es mío, yo decido, tengo autonomía, yo soy mía” y empezar a dinamitar el acoso callejero a través de la autodefensa feminista.


[1] En su libro publicado en 2010 Stop Street Harassment. Making Public Places Safe and Welcoming for Women.

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Margarita Mantilla Chávez

(Ciudad de México, 1985) Socióloga feminista, maestranda en estudios de la mujer por la UAM-X. Cofundadora de CoCu (Colectiva Cuerpa) y Feministas de la UAM-X. Especialista en temas sobre las clases medias, el espacio urbano y la maternidad en México, con perspectiva feminista.

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