Un día desperté con una sola idea rondando mi cabeza, recordarla implicaba perder el aliento debido a la ansiedad. Con esa idea deprisa me duché como para olvidarla. Al salir miré el reloj y mi corazón se detuvo o golpeó con fuerza, es difícil describirlo. Pero me dolía el pecho. Apresuré los calcetines, los pantalones, la playera. No había tiempo para amarrar las agujetas. Tomé mi mochila y salí hacia el trabajo a toda velocidad, como huyendo de ese pensamiento que no se alejaba, que más se apoderaba de mí como la propia sombra ante la luz del sol a las nueve y cuarto: ya iba tarde al trabajo.

Todo el viaje hacia el metro y dentro del subterráneo hacia la colonia de mi oficina iba pensando siempre en lo mismo: ojalá que no me despidieran por retardos. Porque quien me conoce sabe que la impuntualidad en mi persona es una característica tan intrínseca como el color de mis ojos. Pero el regaño es lo de menos, colmar la paciencia de mi empleador de verdad me aterra. Qué importan los monstruos de mil cabezas, ver de frente el cheque de finiquito o de liquidación o, peor aún, la ausencia de este, en verdad me hace sudar y a veces hasta llorar.

Porque es verdad lo que decía Kundera, el mundo es una trampa; pero una muy específica, ya que pasada la juventud rebelde y la juventud intelectual de estudiante, llega un punto en que la adultez nos da la bienvenida con una bofetada y nos dice fuerte y directamente a la cara: “esto es en serio”, “esto es de verdad”, “te vas a morir”, “no te puedes bajar de la inercia”, “¿Cómo quieres vivir esta única vida?”, “vivirás mendigando, te arrepentirás de todo al último momento y hubieras deseado abrazar el capitalismo desde temprana edad y beber sus mieles y sufrir sus males y finales de quincena”. El miedo tiene una voz muy tenebrosa y elocuente.

Sin embargo, la coherencia de nuestras acciones con nuestros ideales podría ser ese policía amigo que llega a salvar la situación. Pero pocos estamos dispuestos a elegir la coherencia como aliada. Porque podríamos simplemente irnos de misioneros o voluntarios, de viajeros por el mundo y asumir los riesgos, abrazar el zapatismo y vivir de lo que cosechen nuestras manos. Pero elegir ya de por sí es un tema complicado para quien siempre fue un indeciso con algún atisbo de varios talentos y gustos; entonces la duda. ¿Por cual camino decantarse? Al final, es probable que valgamos la pena sólo en un rubro, como padres, como hijos, como atletas, como músicos, como editores de contenido, como empleados… pero no se puede todo. El miedo lo sabe bien: el miedo al miedo mismo es su mejor arma.

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De esta manera, me veo a mí mismo corriendo, como quien escapa de un encapuchado asesino, rezando por que mágicamente lleguemos a la estación de mi destino antes de que el reloj siga su curso. Sintiendo el cuchillo del despido en la espalda, gritando hacia lo más profundo de mí mismo, viendo al niño que fui, desilusionado de ir rompiendo poco a poco todos los estatutos que nos prometimos defender a capa y espada; de darle la razón a mi hermano mayor sobre que todo es ventas y mercado, irónicamente acabé en publicidad. Pienso en la vejez de mi padre, en la de mi madre, de que morirán algún día, y que con ellos yo también un poco. Y el mundo será un lugar menos atractivo para seguir en él. Y luego suena la música imposible de las puertas abriéndose. Yo corriendo. Siempre corriendo. Huyendo. La pantalla se oscurece. Música de Cannibal Corpse o algún metalero extremo. Salen créditos…

Y, como en la vida real, en esta película no hay escenas post-créditos después del final.

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Eduardo Guerra

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